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"Soy todo. Depende el día"

La dicha no es una cosa alegre

Y esa fue la historia en la cual Lucía se enamoro de aquella belleza que bien sabia que jamás poseería, se enamoró de su corte de pelo, de sus zapatillas, del alto sonido de su risa, de la forma en que sus ojos se achinaban cuando esbozaba una sonrisa, de su forma de tocar la guitarra y de las palabras que sabía que él nunca diría. Entonces fue que no pudo decidir qué le atraía mas: todas esas interesantes cualidades, o el hecho de saber que nunca lo podría tener.
Lucía siempre había tenido la mala costumbre de sentir insatisfacción, nada le resultaba lo suficientemente gozoso, o en cambio, a pesar de que le resultase  de esa forma, nada alcanzaba para ser lo que ella realmente querría. Vivía pensando en el techo, sin notar todo lo que tenía en la tierra, con ella, viviendo el día a día. Por las madrugadas solía contar tantas estrellas como soldaditos perdidos poseía: hombres que no amó, que realmente nunca necesitó y bocas que en alguna que otra ocasión disfrutó. Pero nada era suficiente, jamás lo era para ella. Lloraba por las noches sin consuelo, gritaba y sufría hasta notar que estaba riendo a pleno, y sin embargo nunca supo el significado de una lágrima, mucho menos el de un llanto. 
Le gustaba llorar porque era simple, siempre le habían gustado las cosas complicadas, por lo cual, creo que llorar era la única acción simple que la seducía realmente, quizás sentía en el vigor de las lágrimas muchas mas sonrisas que en una sola felicidad, quizás no sabía lo que era la felicidad, o no tenía muy claro como diferenciarlo de la tristeza. Por eso, cada noche lloraba faltante de consuelo, aunque nunca le gustó el consuelo, ni siquiera sé si creyó en él alguna vez. El consuelo resultaba ser una de las formas más tristes de demostrar la debilidad de las personas, sin mencionar que, el consuelo jamás había acabado ninguna guerra, ni siquiera había terminado con algún tipo de tristeza. Por lo cual, Lucía solía preguntarse por qué estaba sentada tan triste, buscando un estúpido consuelo que solo la hundiría un poco más, en una depresión inexistente, llena de auto compasión y de tristezas vanas porque en el fondo sabía, que la felicidad se encontraba mucho más cerca de lo que ella lograba notar.
¿Entonces que era lo que sentía cada vez que sus ojos cerraban? ¿Cómo se llamaba esa sensación que le pesaba en el alma? ¿Realmente existiría el alma?

Entonces se hundía en un sueño, en el cual él regresaba y con sus manos tocaría una canción que jamás se acordaba la letra.

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