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"Soy todo. Depende el día"

Era el sufrimiento gozoso, como la picazón bien rascada, sangra pero te gusta a la vez.

El mundo era tan patético a veces, que lograba hacer que ella piense que todo estaba lo suficientemente mal como para morir. Era entonces cuando ella entendía que había una alternativa para tanto sufrimiento, una salida a tanta agonía, que resultaba ser aceptarse a ella misma. A sus falencias, a sus felicidades, a sus tristezas, e inclusive a sus culpas. Debía empezar a amarse por cada extremo de su ser, para comprender que la vida sería de otra forma si ella se sintiese feliz de quién es.
No siempre se sentía mal, sólo cuando el mundo caía sobre sus hombros: cuando la invencible estructura del mundo real, se desmoronaba sobre ella y lograba hacerla sentir tan pequeña, que el mundo se convertía en una inmensidad aún más grande de la que ya es. Y no era necesario sentirse así, porque las personas suelen saber que el mundo es algo inmenso, lleno de dolores, alegrías, perdidas y de momentos buenos como malos, pero logran sobrevivir de todas formas, sin embargo, ella en especial, se sentía tan sola e incomprendida cuando un simple ladrillo emocional caía sobre ella, que se abatía y sentía morir su mente lentamente. 
Entonces llegó el día en el cual todo en esta vida le resultó tan convencional, que ni siquiera pudo escribir sobre ello, porque había entendido que la agonía era, no mucho más, que un corazón que no lograba comprender como sobrevivir en una vida llena de retos, y no quería sentirse una cobarde. Ella definitivamente no era una cobarde. Había sobrevivido a cada pequeño dolor que en un instante la consumía  y había logrado aprender, aprender a reír. 
Siempre pensó que la gente no sabía cómo reír realmente, se refería a que la gente realmente no entendía lo importante que era reir por felicidad plena, porque el corazón lo pide así. Quizás mirando al mundo entendió  que las risas más valiosas vienen después de los dolores más abundantes. Y entonces reía por felicidad, por dolor, por amor e incluso por desilusión. Sabía que reír era mucho más sabio que llorar, en los momentos en los que el corazón no quiere seguir más, es por eso que le encantaba filosofar, explicarle al mundo sus insuficientes razones de por qué la vida no debía ser una tragedia total, y el oyente se sentía completamente satisfecho de escuchar a alguien tan racional, que sabe manejar tan bien su vida y sus ideas. 
La realidad es que su cabeza era un desastre, un dejá vú constante que no dejaba de atormentarla, de traerle ideas que no la dejaban dormir. De sentirse presa de sus deseos, de sentirse cansada de desearlo a él, de sentir culpa por no desearlo más, de sentir amor por quererlo besar, o de sentir tristeza por saber que ya no lo tendría más. Así es como daba por entendido que su cabeza podría mucho más que ella siempre, que haría que pensase en algunos temas hasta explotar sus ideas, hasta hacerla sentir perdida, y todo recobraba sentido otra vez. Menos el desprecio por la salvajez con la que resultaba ser golpeada por algunas cosas a veces. Pero todo lo demás, absolutamente todo, cobraba un sentido increíble. Hasta esa lista de nombres que abarcaban desde la M, hasta la E, la F, la P e incluso la N, también tenía un poco de racionabilidad. Porque era su historia. Todas esas acciones que fueron vanas, hermosas o patéticas: eran su historia.
Quizás se encontraba aterrada por una historia que no deseaba, y luego pensaba en el cielo, las estrellas, y la piel de las cebras ¡Que hermosa era la piel de las cebras, ese blanco y negro que la apasionaba tanto, por su contraste tan ! . Y se sentía reconfortada otra vez.
Por lo que, en un vomito de palabras profundas se dejaba desvanecer, con un montón de vueltas que no la dejaban de marear una y otra vez.


"Infeliz, pobre infeliz que no sabrá nunca lo que es caer de veras, tirarse en la mitad de la vida desde el trampolín más alto. "

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