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"Soy todo. Depende el día"

Manejan los hilos de la nación los que tienen un dolar como corazón.

Cuando tenía 10 años, me levantaba de mi cama con destreza y caminaba lentamente por un pequeño pasillo, tocando el frío piso con las palmas de mis pies, hasta llegar a la cocina. Me sentaba en una silla de madera y prendía la televisión con la mano derecha presionando en el botón rojo de aquél control remoto que debe estar ya mordiendo el polvo en alguna caja de zapatos. 
Me gustaba ver televisión, tal vez era por el simple placer de observar los colores, movimientos y sonidos que éste me brindaba. Quizás la programación no lograba llamar del todo mi atención, pero yo continuaba observando el cubo oscuro que delante de mí mostraba audaces imágenes. 
Los dibujos animados, las tiras para adolescentes e inclusive las novelas que a la noche miraba con mi mamá, eran lo único que yo podía valuar de la televisión, más mi pequeña mente al igual que yo en la actualidad, no podía definir el por qué de tanta admiración. No es que lo haya pensado suficiente, porque la cierto es que a la corta edad de 10 años uno no se pone a meditar muy seguido el por qué entretenerse con la televisión y no jugando con un perro, o aprendiendo a tocar un instrumento. 
Al pasar los años (lo que significa: con el correr de los segundos, los minutos, las horas y los días) dejé de observar aquella cajita mágica con tanta admiración, y en su contrario, comencé a ignorarla por completo. Se podría decir que a los 15 años no sólo la ignoraba, si no que también me disgustaba bastante: todas aquellas novelas, tiras y dibujos habían ganado una acidez que no me complacía para nada. Fue entonces cuando comencé a ver a través del vidrio todo aquello que antes no lograba: gente muriendo cada día, autos y trenes chocando, injusticias, pobreza y mundo muriendo a mi alrededor, que evidentemente, yo ya no podía frenar. 
Pero lo más llamativo de la televisión no era su capacidad de mostrar todos los numerosos accidentes o falencias que nuestro sistema tenía, lo era la forma en que tanto las ficciones como lo real eran directamente modificados por su ideología política; porque con el pasar de los canales, toda la información era la misma, sólo que no estaba presentada o criticada de la misma forma. 
Se me dio por pensar lo mucho que me debían ocultar aquellos que debían limpiar el honor de a los que nada les importa nuestra rota realidad, más el poder y el dinero son lo único que los inspira a ganar. Entonces, pensaba que la ideología política pasaba a ser la razón de casi todo, indicándole a las personas cuando reír y también cuando llorar, eligiendo qué es lo que está bien y lo que verdaderamente está mal.
Aunque creo que a todos lo que está mal ya no nos asusta, pero no nos asusta porque somos lógicos, porque sabemos que quienes deberían corregir nuestra maldad tampoco están bien.
Porque quienes deberían estar ocupándose de nuestra sociedad, sólo ocupan un lugar más en la ficción que se ve todos los días por televisión; dicen tan poco por lo que no pueden parar de hablar, indagando poco a poco en cosas que no se solucionarán jamás, porque frenan todo progreso sólo por facturar más. 
Y junto con mis ganas de mirar televisión, perdí las de escuchar sus vacías palabras. 
Todos los días las imágenes cambian un poco, se reprimen canales que no comparten pensamientos, rostros con bocas que dicen lo que deberían callar o simplemente pensamientos que no coinciden con el del manda más, y es por eso que creo que mi vida, fuera de lo audiovisual, cada día se politizara más. 
No puedo expresar mis opiniones con quien no desea escuchar una diferente a la que posee, porque hoy en día el pensar diferente significa agresión.
Pero es personalmente una tristeza que perdamos nuestras vidas discutiendo o pensando que todo pasa por un par de votos que vienen y van, despreciando la unión o la ocupación; teniendo que callar para no ser censurado, perdiendo nuestras vidas siendo un poco de lo poco que tenemos los que cada vez somos más pocos. Trabajar para pagar deudas de otros y sin la capacidad de queja ni de expresión, sólo vivir consumiéndose y enriqueciendo a la Reina y a su difunto señor.


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