Lo envenenada que estaba por dentro, la sangre que me corría por las venas, todo era tan oscuro. Todo era tan propio. Todo era tan Lucía y tan poco Lara.
Y Lucía se perdía en el viento, en las hojas, en el ruido del silencio, era entonces cuando aparecía por la puerta de la desolación, ahí donde se alberga la tristeza y retomaba el camino una vez más, buscando cosas que cuando resultaban ser encontradas, se desvanecían entre sus dedos como arena.
Pasé mis dedos por mi ojo izquierdo, con el delineador corrido hasta las mejillas y un rojo característico de mi persona se había apoderado de todo mi rostro. Recordé la cena de esa noche. Había pasado toda el momento de la comida observando los alimentos que se encontraban en la mesa con un poco de asco: el jamón que mi hermana cortaba con timidez y ponía sobre el pan fresco, el pollo que mi mamá cortaba con sigilo, todo me resultaba repugnante. La mesa repleta de comida me parecía la escena más patética de un cuento de locos desesperados que perdían sus ánimos llenando sus cuerpos con desilusión. Mis ojos, que viajaban de un lado otro, observando los vasos con gaseosa, exceptuando el mio que estaba lleno de deliciosa soda con mucho gas, habían ganado cierta tristeza en su transcurso, habían declinado cualquier tipo de esperanza de ser felices. Lo miraban y lo analizaban todo, y en cada segundo que pasaba, aceptaban la realidad con destreza, fingiendo una emoción ambigua, llorando una risa perdida, jodiéndose por dentro para no joder a nadie más. Perdiendo la sangre que creo que ya no poseía, callándose a gritos, mirando con ironía lo que ya no tenía ni un poco de sarcasmo.
Olvidé todo aquél recuerdo de aquella cena dramática y me designé a ponerme los auriculares, cada fibra de mi cuerpo se estremecía con aquellas notas que por los oídos me impactaban en el alma. Me dolía la música, me dolía la esperanza que ya no estaba, me dolían las venas que a veces pensaba que ya no funcionaban. Odiaba los venenos que por mi mente ingresaban, y se proponían a quemarme cada neurona aún no utilizada. Tuve por primera vez ganas de prenderme un buen faso...Un faso. Pensé en Milton. No quería pensar en él, pero sin embargo, por un pequeño segundo, pasó por mi mente. El recuerdo de aquella oración "No hables de Milton nunca más" me inundó. Me vi entonces, sentada en el piso, defendiéndolo frente a mi hermana que poco sabía de él, pero que mucho había escuchado. Lo extrañé, pedí al cielo que me trajera alguna sensación de un abrazo. Pero solo encontré soledad. La soledad; tan buscada pero poco necesitada, inoportuna, oxidable.
Tan tan oxidable. Que me oxidaba las cuerdas vocales cuando quería llorar con ruido una vez más, pero ya no podía, me faltaban las fuerzas, mi corazón tan duro y raquítico no lo podía permitir.
Entonces me paré y continué respirando."
"Pero a los ciegos no le gustan los sordos, y un corazón no se endurece porque sí."
No hay comentarios:
Publicar un comentario