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"Soy todo. Depende el día"

Debilidad

"Todavía me acuerdo de vos. Todavía me acuerdo del día en que te volví a ver. Dejaste la puerta de la casa abierta, entonces simplemente la empujé y entré. Se escuchaba una música que sonaba como rock and roll que retumbaba en toda la casa, me preocupé, no encontraba a nadie allí. Subí las escaleras, con cierta vergüenza, estaba en una casa completamente ajena, caminé un poco por el pasillo y entonces te encontré.
Tu espalda desnuda me dio la bienvenida a la locura de tu cuerpo, encontré un cuerpo delgado de espaldas a mi estirándose y metiéndose dentro de una remera color gris. Te diste vuelta de golpe. Creo que te asusté.
Entonces pusiste tus ojos en mí, esa mirada tan casual y dulce y te reíste a carcajadas. Trataste de peinar tu pelo enredado por la ducha, y dejaste ver ese pequeño pedazo de cabello que faltaba en tu costado derecho, dijiste que no me habías oído entrar. Pero yo no podía ni contestar: te estaba mirando, miraba tu cabello enmarañado que bajaba hasta tu espalda, esa remera muy suelta y corta que se te caía por el hombro derecho, la falta de un corpiño y el pequeño pantaloncito color rosa que no dejaba mucho a la imaginación. Hasta que reaccioné y supe que contestar.
Te dije que me había preocupado ya que la puerta de calle estaba abierta y te pedí perdón porque quizás había entrado en la habitación en un mal momento, pero sólo me sonreíste y me explicaste que acababas de darte una ducha y que ahora estabas buscando un cepillo para tu pelo.
Me sorprendía lo mucho que sonreía, era como si no la hubiese incomodado ni un poco que la haya visto semi desnuda, como si tuviese bien en claro que su cuerpo era un arte bellísimo que me encantaría contemplar más seguido. 
Y así te pusiste a buscar un peine, con esos movimientos de torpeza y rapidez, tirando todo para todos lados, en el desorden de tu habitación. Había yogurts de hace días, papeles de chocolates, y una montaña de ropa en cada esquina de la habitación. La música ya no se oía porque la habías sacado en el momento en el que me viste.
Tu sonrisa desapareció cuando te diste por vencida en tu búsqueda por peinarte.
Me gustaba tanto despeinada. Ahora, un poco más mal humorada (pero no lo suficiente como para que cualquiera lo notase) me dijo que vayamos a la cocina para charlar mejor.
La realidad es que yo volvía de mi viaje con el ingenuo pensamiento de encontrarme con su madre, su padre, y su hermana. Pero sólo me encontré con ella en una casa un tanto desolada. Era como si la única habitación que había sido utilizada en días fuese la de ella, ese pequeño cubículo lleno de mugre y ropa. Me dijo que me sentara y me contó que su familia estaba de viaje por un tiempo, que ella no había querido ir porque necesitaba un tiempo para pensar, pero que su tía pasaba a cenar y a estar con ella muy seguido.
Por un segundo me alegré tanto de oír eso, como un iluso que pensó en pasar tiempo con ella en esa casa solos. Era sólo mi imaginación. Nunca había estado cerca de ella, y tampoco ella jamás hubiese pensado en estar cerca mío, al menos de la forma en la que yo lo deseaba.
Te sentaste frente a mí y pronunciaste las palabras "Mierda, todavía me tengo que peinar", y tu carita de preocupación me conmovió. Juntabas tus labios carnosos y tu mirada se volvía un poco oscura, miraste para abajo y enseguida me volviste a preguntar "¿Y, el viaje? ¿Cómo fue?" Entonces te conté que Londres era una ciudad hermosa, que conocí lugares hermosos y que el clima fue muy lluvioso.
Sonreíste con dulzura y te paraste. Te miré irte. Siempre sin dar explicaciones, siempre tan inconclusa, siempre sin preocuparte por nada, te oí subir por la escalera y pensé en lo lindo que sería que yo tuviese la oportunidad de que me dejes, de poder al menos sentir la tristeza de un corazón roto, que me destruyeras como todo lo que tocas, pendejita loca. Pero no tenía nada de eso.
Me habías abandonado en la cocina de tu casa como abandonarías a cualquiera, me dejaste pensando en vos como también soles hacer con cualquiera. Hasta que volviste a bajar. Ahora estabas peinada y tu pelo lacio se encontraba ordenado, te levantaste un poco el pelo y vi ese agujero que tenías en la parte la oreja mucho más expandido de lo normal. Que exótica sos, cómo me gustas.
Me contaste como estabas, que estabas haciendo, me contaste sobre el dibujo y el arte y todas esas cosas que te apasionan y a mí no, pero que cuando salían de tu boca y sonaban con tu voz me interesaban un poco más. Me gustaba el sonido de tu voz rompiendo el silencio. Siempre retumbaba en mi cabeza esa voz gruesa en comparación a la de cualquier mujer, diciendo cosas que no me dijiste nunca.
Extendiste tu mano sobre la mesa y sacaste un cigarrillo de la caja de 10, me miraste con esos ojos verdes y lo encendiste. Me gustaba verte fumar, ver el humo saliendo por los orificios de tu nariz, y tu boca tocando la colilla de aquél pequeño cilindro de nicotina. Es increíble como el humo de disuelve en el aire en sólo unos segundos, pero como destruye tus pulmones, pensé. Entonces dije "Tenés que dejar de fumar, sos muy joven para tener tantos vicios" Y te sonreí. No te importo, nunca te importó nada de lo que los demás te dicen. Me diste otra de tus hermosas sonrisas y contestaste "Cada uno tiene su propia forma de matarse por dentro ¿No te parece?" Y me empujaste la rodilla por abajo de la mesa con la planta del píe bien frio.
Hablamos un poco más de cosas que realmente no importaban, pero que era necesario hablar porque en cuestión yo me encontraba en tu casa porque quería verte después de mi largo viaje. Cuando el cigarrillo se consumió  te paraste y me pediste que yo lo hiciera también. Te tiraste sobre mí y me abrazaste, me dijiste "te extrañe", te agarre por la cintura, esa cintura delgada y pequeña, que me incitaba a tocarla con fuerza. A veces parecía que te ibas a romper entre mis brazos. Todo era perfecto cuando me abrazabas: el olor de tu pelo, la caricia de tus brazos sobre los mios, y esas palabras que susurrabas en mi oído. 
De repente me soltaste y me dijiste que cuando quisiese podía ir a almorzar o cenar, agregaste que querías hablarme de tu arte, de tus dibujos nuevos y que era importante para vos compartirlo conmigo.
Moría de ganas de que me desarme, como quemás todo en tu vida, como acabás con todo lo que te desea, que me manipules un poco.."


"Puedo ponerme humilde y decir que no soy el mejor que me falta valor para atarte a mi cama"

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