Pero los días grises, esos son los peores.
Son aquellos en los que te encontrás sentado mirando una película, y de repente, sin saber cómo ni por qué, todo ha perdido el sentido. Entonces te sentís inútil y te hacés preguntas como "¿Qué es sillón?" o "¿soy real?", qué mórbido se pone todo eso, lo de las palabras, quiero decir, porque sin darte cuenta te percataste que un "te quiero" a veces vale mucho más que un "te amo" o que un grito de de dolor puede ser en el mayor de los silencios. Aunque debo considerar que estoy diciendo algo que ya fue repetido una gran cantidad de veces.
Pero qué pasará con esa verdad que escondemos detrás de las pupilas cada mañana mientras tomamos un café o conversamos con algún conocido, el destello entre la punta de la oreja y el agujero de la misma, qué seremos si no es un saludo que no dimos por estar caminando mirando al piso, o una sonrisa de tu hermano que poco sonríe pero que vale la pena en alguna ocasión. Sinceramente, uno no se pregunta estas cosas, porque a quién más que a un morboso le podría importar "¿qué es sillón?" o "¿cómo será realmente la carne que hay dentro mío?" Y todo eso se pone turbio por una cuestión más social que moral, más bien tiene que ver con lo frío de la carne viva. Si usted me pregunta, señor, estamos donde estamos porque no miramos para adentro y vivimos mucho tiempo sentados en aquél sillón, por cierto ¿se sentó alguna vez, usted, en el sillón de la felicidad gratuita? Yo aún no lo sé pero sinceramente no creo que exista, y es claramente porque en esta vida todo se paga, hasta el mayor de los artistas comprende que de su mejor obra nace su más ruin pena, o que nuestra felicidad más plena es aquella que desmorona los pedazos del alma de otro.
Y si se lo pone a pensar en frío, señor, es todo muy relativo porque quien sabe si lo que significa pena para uno, para otro será una gran satisfacción, y lo que a usted le parece bien, a mi me parecerá fatal. Como le digo, no sé si existe tal sillón. El único sillón que ha existido para mí es aquél en el que uno se sienta a romperse la cabeza ¿Sabe de qué sillón le hablo? Del que está adelante de la cajita que muestra imágenes que venden amor. Qué extraño suena decir "amor" y "vender" en una misma oración, aunque no me diga usted que jamás se enamoró de algún electrodoméstico o una prostituta legal de esas que aparecen en televisión. Hemos encontrado muchas formas de comprar el entretenimiento que merecemos para tapar huecos hediondos que tenemos, pero y usted, ¿pensó alguna vez en comprar una opinión? Quiero decir...observar muchas variantes del mundo de las opiniones, y pagar un cierto monto de dinero para adquirir una como propia? En muchos años será así.
Las personas malgastarán su dinero inclusive para comprar pensamientos de otros, amores de otros, vidas de otros, porque ya no les alcanzará con lo que tienen, porque los pies con zapatos muy caros ya no serán suficiente. Entonces, comenzarán a buscar el sillón del que le hablaba antes, por todos lados, caminarán por cada avenida de cada barrio buscando un sillón. Buscando ese sillón. Cuando sus habitaciones estén llenas de cosas que no necesitan, comenzarán a buscar aquello que anhelan pero que con un par de billetes nunca alcanzarán, eso que no tiene ni nombre ni precio, aunque a veces se los llame o se los quiera cobrar. Y no dormirán de noche, pensando dónde se encontrará ese sillón, y querrán pagar millones por él.
Pero el día que finalmente encuentren aquél sillón que tanto habían estado buscando para sanar su existencia vacía, detrás de una vidriera, no lo podrán ver, lo ignorarán. Seguirán caminando como si nada, aún en búsqueda del mismo, pensando que la felicidad se encuentra en otro lado, y entre tanta búsqueda, perderán la felicidad gratuita que tan cerca pudieron tener.
Entonces se demostrará mi teoría de que no existe tal felicidad gratuita, y que hasta los que más tienen se quedan sin nada en su afán de obtenerla.
Nada es gratis en la vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario