De manos tersas, y ojos resplandecientes, a veces se ponía a pensar en el pasado. Comenzaba por buscar dentro de sí el recuerdo, y después de eso, sólo le bastaba con pensar. Uno no es mucho sin sus recuerdos, pero a veces podría ser mucho más si se los dejara atrás.
Suele pensar en aquellas cosas que terminaron con una fecha límite y no puede entender en este preciso momento por qué las dejó ir con tanta facilidad cuando ocurrían, tal vez no somos capaces de notar los acontecimientos mientras pasan, y somos seres que viven de lo que han dejado pasar. Pero ella no era así, o al menos lo intentaba, porque sentía que en el futuro encontraría mucho más, pero tenía miedo, y ¿cómo no tener miedo cuando uno está tan solo a veces en este mundo y le falta madurar? Hay quienes le han dicho "uno empieza a vivir cuando se da cuenta que está solo en este mundo", pero vivir era difícil cuando se aceptaba algo así.
Los recuerdos se evocan como la nada misma, sólo hay que esperar un poco y allí están, maltratándonos por dentro a veces y volviéndonos personas que no extrañan ni tampoco viven, si no que esperan. Y esperar qué...si todo ya pasó y aún seguimos acá.
Ocurrió una vez, en que la joven recordaba sin sentidos que había vivido alguna vez, y una sensación de extrañar se acercaba así como un animal que trataba de morderla, pero ella se corría, se movía hacia un costado e intentaba cambiar el tema en su cabeza. Aquella vez, mientras pensaba, vio pasar un perro que caminaba a paso lento. Lo observó por unos segundos librándose de su mente ocupada y sintió deseos de acariciar al animal. Se paró y se acercó a él.
Era de color dorado, tal como el oro antigüo o algo así, tenía las orejas grandes que colgaban al rededor de su cabeza y unos pocos pelos blancos en el hocico. Estiró la mano con vergüenza, como si aquél animal fuera una persona que observaba o al menos, era consciente de cada movimiento torpe que ella hacía para poder rozar su pelaje. Cuando pasó su mano por el lomo del perro, sintió la suavidad de su pelo lacio, y por un momento cerró los ojos.
Qué patética debía ser esa escena para cualquiera que pasara por allá: una chica acariciando a un perro con los ojos cerrados y con una expresión de placer en su rostro.
Sin darse cuenta, volvió a evocar el pensamiento de hace un momento atrás, e intentó dejarlo ir. Luchó contra sí, no podía dejarse vencer por el deseo de volver a vivir experiencias pasadas una y otra vez, pero luego notó que no eran sólo experiencias, si no ella misma.
Volvía a vivir esos momentos una y otra vez dentro de sí, porque extrañaba aquella que fue. Tal vez no todo el tiempo, y puede que estuviera orgullosa de lo que hoy era, y no quisiera arruinar todo ese cambio, pero sin embargo, extrañó sentirse esa que en sus recuerdos aparecía y le sacaba una sonrisa.
A veces no eran recuerdos buenos, y lo que evocaba en ellos no era algo bueno, si no un momento que carecía de sentido o diversión, pero le causaba un placer muy grande porque simplemente sentía que seguía allí.
Sentada en una plaza, con pastos verdes y el sonido de guitarras, con abrazos que extraña, o conversaciones que llenaban su mente de preocupaciones tan efímeras y conflictivas, que si quiera podía recordar de qué trataban.
Pensó que no había vivido su duelo de una forma coherente, se había encerrado en las tristes paredes del amor, del día a día, de la pareja y otras cosas que uno ve por televisión.
Pero ¿qué pasaba con todo eso que los demás no podían entender? Cuando se extraña porque no se puede seguir más, o los soportes desaparecen y sólo somos nosotros frente a la realidad. Uno no puede elegir qué extrañar, ni tampoco puede obligar al amor, ni al día a día, ni a la pareja que entiendan lo que uno necesitó y que tuvo que dejar ir por razones serias.
Somos personas de costumbre, y como buenos costumbristas nos cuesta ver pasar un recuerdo por nuestra mente y no desear tenerlo un instante más.
Quién ha dicho que fue fácil olvidar una voz, o mirar una flor de papel pensando que ésta no significa nada, si estamos tan mal trechos y nos enamoramos de cosas tan pequeñas, que nadie podría verlas más que uno mismo. Pero no hay que temer, porque la vida pide a gritos el cambio. Las personas se mueven, están aquí y también allá, así consumen cada momento y van por más. Y olvidan, aunque no lo crean, las personas olvidan.
Se toman todo de la jarra y dejan en el fondo, lo que pertenece al pasado, y siguen respirando, caminan despreocupados y olvidan calles, momentos, situaciones.
Pero quién dijo que aquél que no olvida puede recordar en un instante de debilidad pura, y sin notarlo, sentado en el colectivo se encuentra con el pálido sonido de una voz que le recuerda a alguien que una vez recordó, entonces tenemos ganas de expresarlo, se empiezan las oraciones diciendo "una vez conocí un joven que... o tuve un amigo que..." y nos hundimos en la realidad que nos golpea de lleno en el medio de la frente y nos deja una marca roja que tarde en salir. Mataríamos por olvidar, y ser aquellos seres olvidadizos que olvidan las hojas sobre la mesa y las ideas antes de decirlas, para ser un poco menos humanos. Pero los somos, eso somos, humanos.
Somos un humano que toca un perro y se remuerde por no poder olvidar, y matamos en la nave del olvido miles de momentos que con una canción reviven y se inmortalizan para siempre, y aunque conscientes de saber que los olvidaremos, vivimos un segundo en el que deseamos volver a vivir lo que el tiempo ni la tristeza traerán nunca.
Deseamos ser otros, vivir otras vidas, poder vivirlo todo nuevamente, y cada vez que la vida se pase, pensaremos que es sólo un momento y volveremos a acariciar un perro intentando olvidar.
El perro se fue de las manos de la joven como un rayo, era su dueño, que lo buscaba, se acercó hacia la mascota y continúo caminando a su lado.
La joven, en cuclillas los observaba irse, y pensaba que todo se va como un rayo, y muere sin que lo notemos ni podamos frenarlo.
Hay que mantener los ojos bien abiertos, para poder ver a quien te mira y querer las distancias como el amor y la vida, porque somos encuentros y desencuentros, y cada segundo que pasa es un recuerdo.
"Recuerdos que mienten un poco
(siempre fue así)
Nuestro miedo helará este infierno creo.
Sopla un viento frío en la ciudad."
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