Recuerdo el momento exacto en el cual mi corazón se rompió en pedazos llenos de ego que se desmoronaban y rodaban por la parte interna de mi columna vertebral. Lo sentí, lo juro. Me tiré en la almohada que reposaba sobre la cama y con los ojos cerrados dejé que una estúpida y clásica lágrima me empapara en la patética escena de una pobre inválida que no tiene nada. Y a pesar de la bronquitis, me dolía más el pecho por razones puramente psicológicas, que por el dolor de mis pulmones llenos de mucosidad imberbe.
Cabe aclarar que lo que acababa de chocar contra la parte frontal de mi cerebro me había abatido y destrozado parte de mi nueva condición de ser, pero sin embargo, no me encontraba desesperada o inmovilizada por un enojo inmune a cualquiera de mis estrategias para recuperar lo que ya había perdido hace tiempo, la calma había dominado todos mis pensamientos y me había dotado de una paciencia que ni siquiera yo sabía poseer. La realidad es que ya no existían las estrategias, ni tampoco esa antigua yo que luchaba por hacerlo recordar, recordar lo que era nada.
Y si la nada existía, creo que se albergaba en mis oídos, libres de escuchar pero presos de mi desilusión. Perderlo de otra forma y hubiese sido una forma de desvalorizar, todo ese talento y "Belleza" que me llevan a inspirar. Por eso pienso que el camino estuvo bien, mal caminado quizás y lleno de piedras que me duelen al recordar. Pero me dejo en el lugar que más anhelaba, el de mi propia paz.
Y cómo me alegra saber que contra todo de mí tengo que luchar para vivir sin vos, pero que a pesar de el gran dolor, por primera vez te dejo ir. Te dejo ir de verdad, para que me elijas algún día, o no me veas nunca más, para que sepas que me inspirás como nadie nunca lo va a lograr. Para que sepas que me vuelvo patética y cursi cuando simplemente me tocás.
Y por lo poco que me tocás, se explica el por qué de tanta frivolidad. Me hubieses tocado un poco más antes de dejarme atrás, puede que esas manos me salvasen de tanta soledad.
La soledad de estas manos que se acercan a la caja de Philip Morris cada vez que te vas, que se torturan pensando que las cosas van a cambiar cuando cada día son un poco más igual. Igualitas, igualitas. Como cuando nos miramos al espejo y ya no nos encontramos, una vez más, en un relejo de una existencia que se evapora cada día un poco más. De tus labios pegados a los míos por obligación o por ebriedad, que para el caso me da lo mismo por qué ya no sé si los voy a volver a probar, que te abrazaría por librarme de tanta estupidez una vez más.
Y la sensualidad de mis palabras se va desbaratando con cada letra que veo pasar, y se terminan las ideas con las que en algún momento me decidí a comenzar. Y te recuerdo que todo es subjetivo y muy moral, que vos tocando el piano me exitás más que aquél que piensa que es atractivo pero no sabe como modular, ni como hablar, ni como seducir a una mujer con sólo pensar."
"No me digas la verdad, seguime mintiendo, decime que me seguís queriendo. Perdoname mi amor, quiero que seas feliz y soy una molestia para vos."
No hay comentarios:
Publicar un comentario