Entonces se preguntó qué eran esas molestias, esos fastidios que se aparecían porque sí una tarde y los maltrataban tan mal trechos como ya estaban. "Tal vez son esos fuegos con los que nos quemamos nosotros, los que se queman más rápido" Y vivir así, indagando en uno mismo para encontrar más, en esta tierra del fango y la soledad, de la justicia y la pena, era una forma digna de quemarse.
Para encontrar un mañana no existía un ahora, sólo había que vivir el pecado, sentirse atado, obnubilado, sin ganas de cesar, como una canción tenue, como un sonido intermitente, como somos nosotros, los que morimos de golpe.
Lloramos en rostros ajenos, reímos carcajadas que murmuran un Dios. Pero a veces no somos nada, somos la cama o una escoba, una campana en la tarde. ¿Seremos lo que merecemos? ¿Estaremos justo y dónde merecemos estar? El tiempo rueda y nos arrasa, porque para tiempos hay poco tiempo y para miradas hay muchas canas. Pensemos en la vida como una moneda, que gira si se la deja en posición parada, y podría caer tanto de un lado pero del otro, y una sensación o una risa se enconderá allí, detrás de cada movimiento en falso que cae para quedarse ahí, para seguir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario