.

.
.
"Soy todo. Depende el día"

La insoportable levedad del ser libre

Nunca había pensado en qué hacer si ocurría. No quería pensarlo. Siempre tuvo un ruin miedo a la soledad. Hacía cuatro años que estaba viviendo una vida que aún sin saber si suya, le sentaba muy bien. Le costaba pensar en algo nuevo. No sólo le costaba, le daba pánico.
Se enlazaba con los recuerdos, las miradas, las mañanas de desayuno y no podía dejarlas ir. Se obsesionaba con sus propios pensamientos. No imaginaba otra imagen del amor más que la que conocía y podía percibir, no creía que el amor pudiera ser algo distinto a lo que ella sentía. Se preguntaba cómo haría toda la vida, padeciendo de este modo el amor, que a la vez la hacía tan feliz. Se preguntaba cómo podía haber algo más importante en el mundo que ese amor.
¿Cómo podía ser que a la gente le importara algo más? ¿Cómo podían, aún casarse desenamorados, para engendrar hijos y vivir vidas conyugales que no eran lo que realmente esperaban del amor? ¿Cómo podía resignarse a vivir una vida sin el sentimiento tan abundante de morir por ese amor? No era pragmática, aún intentándolo, no podía serlo. 
Se podría decir que era una mujer con gustos muy sencillos y tajantes a la vez. Le gustaban del mundo las cosas sencillas. Nada le importaba más en el mundo que el amor, la belleza y la virtud. Era una enamorada de lo inmaculado, de lo hermoso, lo . Sólo lograba sentirse bella en el dolor, sólo lograba sentirse viva ante la falta. Era una vida muy difícil de vivir.
Difícilmente encontraba el equilibrio, sus emociones dominaban casi todas sus acciones. No lograba poder ver la vida como el resto de la gente. No entendía cómo podía ser feliz manteniendo amistades cordiales, gozando del arte de los otros y trabajando para poder consumir como una persona del siglo XXI que es sincera y llanamente feliz. Su cabeza le jugaba malas pasadas, la hundía en preguntas, no la dejaba verse más que desde dentro. No imaginaba una vida sin amor y belleza. No imaginaba una vida sin sentimientos que se metieran debajo de la piel.
No podía parar y convertirse en alguien normal, equilibrado, que supiera que las cosas a veces iban muy mal y de repente retomarían su rumbo, porque así era la vida, o eso es lo que sus amigos le decían. No quería resignarse a eso porque pensaba que la vida, la felicidad, el amor, iban más allá de lo que fuera conveniente o no. No entendía de intereses, porque sólo podía interesarse por aquello que le generaba algo qué sentir. Era incompatible con la frivolidad de todos los días, con las caras falsamente alegres, no le gustaban para nada las modas y las costumbres. No las entendía. 
Sin embargo, de vez en cuando se culpaba a sí misma por estar viviendo una vida que no era la que quería, por entregarse al día a día y olvidar sus verdaderos sueños. Se odiaba cuando no podía ser ella misma porque los ojos de los demás la preocupaban. Se odiaba con toda su inseguridad y sus miedos, con toda su falsa libertad, con sus encadenados pies y manos. 
Murió de a poco. Su mente se empezó a apagar. Sus ojos dejaron de brillar. Cuando amaba, ya no amaba de verdad. Cuando veía la belleza, ya no podía sentirla.
Sentía resignación, apatía, tristeza por el mundo que la rodeaba. 
No se encontraba en ningún rostro, en ningún lugar. Nadie podía verla de verdad y ella tampoco podía ver a nadie. Se encontraba en un estado de profundo silencio interior. Su cuerpo, armazón en el que había vivido ya unos pocos años pero no los suficientes como para conocerlo del todo, había optado por el silencio eterno. La soledad poblaba sus huesos. No podía encontrarse si quiera con ella misma. Cuando trataba de ingresar en sí misma, no podía oír nada. Se sentía como si su interior hubiera muerto, y sólo quedaba un cuerpo que hablaba con la nada, buscando respuestas en un interior vacío, cansado, silencioso. 
La violencia de sentir y la muerte de vivir sin sentimientos. Nada podía ser peor.

"Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en realidad era bastante natural que no supiera qué quería: 
El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores. ¿Es mejor estar con Teresa o quedarse solo? No existe posibilidad alguna de comprobar cuál de las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro."

No hay comentarios:

Publicar un comentario