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"Soy todo. Depende el día"

Huyendo

"...Y así era como iba y a veces venía esa entidad magnifica. Hubo noches de errores oportunos y también hubo de aquellas noches en las cuales no tuvimos más que hacer que decir adiós y dejar que el otro siguiera por el camino en que venía. Pero todo era tan pequeño, tan pequeño en realidad, que por más que quisiera recordarlo con mis mejores calificativos no podría.
Escribí de sensaciones antes, pero nunca de unas tan auténticas, tan poco sustentables, que se deslizan por los dedos y uno no puede siquiera atraparlas. Esas sensaciones, que no puedo explicar, fueron las que me llevaron la mayor cantidad de veces a volver a aquél lugar.
¿Aquél lugar? Sí, un lugar del que no conozco paradero, porque sus apariciones resultan inesperadas, inoportunas, y se aparecía cuando yo no lo buscaba. También resulta que esas oportunidades, las de pertenecer a ese lugar, son tan cortas, tan chicas, tan pequeñas, que en algún momento se me dio por pensar que no existían, que estaban en mi mente pero no eran reales, ni siquiera tenía pruebas fehacientes de que alguna vez hubieran estado en el lugar donde yo solía suponer que estaba.
Me dediqué mucho tiempo a pensar que si esperaba volverían aquellas sensaciones, y que en el caso de que volvieran, me ataría a ellas y no las dejaría ir nunca más, pero resultó que tampoco funcionaba de ese modo, porque eran tan, tan abstractas que no lograba verlas aunque indagara en cada momento tratando de recordar su perfección.
Entonces lo entendí, y me vi a mi misma como una hoja sumergida en el agua, penetrando en la corriente, flotando al ras sin poner un freno hacia la nada. Tal vez se trató de eso. Tal vez eso fue. Era nada, y era una nada tan irremediable que no podía traerla de vuelta ni con mis mejores intentos.
Él no intentaba traerlas de vuelta, de eso estoy segura. Quizás lo que siempre nos detuvo fue esa cuestión de que yo quería tener todo tan cerca mio, quería guardarlo como mi mejor pasión, en una cajita o un maletín, para sacarlo de vez en cuando y mostrárselo, y que lo admire, y que lo ame tanto como yo. Pero de su lado se daba distinto, él quería enterrarlo, quería hacerlo desaparecer. Lo que para mí era una sensación vívida y fulminante, era sin duda para él un pesar enorme, una carga, algo que debía perder enseguida y no sabía cómo.
Pero he aquí nuestra mayor diferencia: Yo pugnaba por recuperar todo lo sentido, lo amado, aquello que viví y me hacía florecer, pero sin embargo, no podía. Mi única forma de llegar hasta aquello era mirar otra vez entre sus pupilas y encontrar el inicio de su emoción. Él, en cambio, estaba acompañado por la sensación cada día, atormentado por no poder dejarla ir del todo, por tener que acarrearla a cada amor, a cada encuentro, esa sensación que le daba miedo, sabiendo que lo que en el fondo lo mataba era aquello que él quería destruir.
Entonces nos encontrábamos y desencontrábamos sin saber ya donde estaba el otro. Porque estoy segura que cada venida suya tuvo que ver con la imposibilidad de enterrar todo eso que lo hacía vibrar, y que yo, como una pobre, pedía solo un poco más de su compañía para volver a soñar con el néctar de su piel. Por lo que, buscábamos cosas distintas. Él no buscaba nada, lo hacía por inercia y porque lo necesitaba, uno no puede evitar necesitar cuando posee algo inserto en su cuerpo, en su alma, pero yo, yo realmente lo necesitaba de otro modo, realmente quería esa sensación. Yo quería descargarme en su cuerpo. Pero lo más fuerte era como nuestras energías se abrazaban, y qué obra de arte eran entonces las miradas, las risas, el rosar su cara o acariar su pelo. Podría jurar que traté de descargar todas mis ganas en cada abrazo, en cada momento que lo toqué, pero no sucedió. Fue exactamente la inversa, cada vez quise más. Fantaseé con sus ojos y sus manos, y alguna que otra vez dejé a mi mente vagar por entre sus engaños, por esa barrera que me ponía para pensar que nos hacía estar menos juntos. Pero nada fue útil, nada fue cierto. Mi energía penetraba en su barrera como si ésta no existiera y se metía por el orificio de su oreja y lo hacía gozar, sé muy bien que lo hacía gozar.
Y eran tiempos gloriosos, porque nos olvidábamos de todo. No había una realidad cierta, porque la única que importaba, era la nuestra, esa pequeña burbuja que se armaba a nuestro al rededor y que se burlaba de todos los presentes, porque al mirarnos a los ojos ya estábamos en el cuerpo del otro, y nuestras energías se besaban, se acariciaban, se hacían el amor mientras nosotros fingíamos no darnos cuenta y conversábamos sobre la vida, y resaltábamos cada pequeña cosita, y nos reíamos, sobre todo nos reíamos...
Pero cuando yo cerraba la puerta de mi casa, de su auto, de mi auto, o simplemente de las ganas, nuestras energías, como dos cuerpos que pelean por no soltarse, se agarraban la una a la otra y tironeaban, y tironeaban tanto para no separarse, para que no las dejemos solas otra vez sin poder complementarse. Y primero comenzaban agarrándose de los codos, pero lentamente se iban resbalando de modo que se empezaban a separar, entonces ponían todas sus fuerzas y se apretaban de las manos aún más, pero para cuando él llegaba a la parada del colectivo, estaban prácticamente lastimándose y arañándose para no tener que soltarse, tirando de sus dedos hasta que al fin se soltaban. Y nuestras energías, que por coincidencia también son nuestras almas volvían enojadas, lastimadas, arañadas y ya muy cansadas a nuestros cuerpos y nos hacían sentir un pequeño retorcijo de frío que al poco tiempo olvidábamos..."

Toda la ternura me darás,
si te ofrezco ser,
parte de tu cuerpo...
y ya al acariciarme me darás,
los espejos que son
en tu día del alma...

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