Cabecita por cabecita, se borra la memoria y se transforma en guerra. Hay noches que siento que en esta ciudad no hay un sólo lugar que sea mi hogar, y mirás al cielo y está nublado, porque mañana va a ser un día gris. Cansados están mis viejos de tratar de explicarme lo que nunca entendí, cansados nosotros, los humanos, de tanto procrear y sentir.
A veces me encuentro sentada a la vuelta de la esquina y porque sí, miro hacia la nada y me encuentro a mi misma aburrida y atareada. Y que los fanáticos de la paz me juzguen por ser una mujer complicada, que nunca quiere sentirse olvidada y que pugna por sentirse rehabilitada. Pero si me siento atorada entre tanta casa cerrada, con la calefacción prendida y una canilla goteando, y no encuentro mi lucidez si no es ahondándome en el arte, y de la nada descubro que estoy a punto de saltar de un trampolín de miedos. Entonces me estoy rehabilitando. Procesando mil momentos y todas mis lujurias, me encuentro diciendo que no soy tan enigmática como a veces pienso mientras observo mi reflejo en el espejo, que no estoy tan sola como me siento mientras viajo en el subte y miro a los pasajeros, y que perderse en el mundo sería mucho más fácil si no hubiera tantos carteles que me indiquen las calles, ni tantos colectivos y subtes que me dejen en destino con algún tiempito de viaje, si Rivadavia no fuera tan larga y no uniera Ramos con Floresta, o mi casa no estuviera a años luz del marco de la puerta de esa casa. Pero entonces, si fuera fácil perderse en este mundo, en este país, en esta ciudad, y Rivadavia no fuera tan larga y hubiera menos carteles, y también menos autos, entonces sería tan fácil encontrarte en algún lugar, y yo dejaría de sentir la decepción de saber que tu presencia no me acompaña y ni en mi cabeza te puedo encontrar, y pasaría a pensar que cualquier lugar sería un lugar para que aparezcas y yo no te vea ni vos me veas a mí. Y los chicos de la calle, ya sin saber en donde se encuentran, caminarían sabiendo que la ciudad es su hogar, que ya no los hostiga ni margina, y la gente no tendría hogar por lo que todos nos sentaríamos en la plaza a esperar que llegue aquél lugar al que pertenecemos sin tanto viajar. Pero incluso los aventureros, aquellos que viajan y buscan su destino en cualquier lugar, podrían emprender viaje sin rumbo ni saber el nombre de dónde están, o a donde irán, entonces nuevamente el amor surgiría y las personas se encontrarían sin buscarse, por pasadizos secretos y pasajes que llevan a calles que no conoce nadie, y la ciudad se poblaría de deambulantes, que buscan un nuevo hogar y no recuerdan donde dejaron a sus padres, ni a sus hermanos, ni a sus tías o sus maridos, porque poblaríamos un mundo donde no hay nombres ni direcciones, y por lo cual, no existiría la Avenida Rivadavia ni tampoco sus distancias, y vos y yo estaríamos tan cerca, tan cerca sin si quiera encontrarnos, porque sabríamos que cualquier lugar es un lugar para quedarnos, y aunque no nos encontremos jamás, yo sé que seríamos los primeros en buscarnos, porque el hogar resulta ser un pequeño pedazo de alma, y cuando hablamos de hogar de repente ya no estamos hablando de una casa, ni tampoco de una cama, estamos hablando del lugar donde nuestras sensaciones descansan y nuestro cuerpo se desata.
Entonces el asfalto se convertiría en una tómbola de destinos y direcciones, y los recuerdos no serían recuerdos si no pequeños pedazos de nuestra vida pasada donde buscándolo todo nos perdíamos a cada momento, y de repente, simplemente porque sí, yo comprendería que no estoy buscando nada y que la idea de estar acompañada está a ligada a ese amor por sentirse ultrajada, por sensaciones que no controlo ni comprendo, que no someto al olvido, que dejo fluir y me ahondan en lo más frío de tu piel y en lo más oscuro del ayer, porque cuando te encuentre al fin, descubriría que en verdad no siento nada y que mi cuerpo es una combinación de estrellas, de astros, de pintura derrochando fluidos y bombeando sangre.
Cuando el cuerpo no espera
lo que llaman amor...
Cada lagrima de hambre
el más puro néctar
nada más dulce que el deseo en
cadenas.
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