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"Soy todo. Depende el día"

La lluvia que nos cala hasta los huesos

Inmaculados aquellos que pueden,
olvidar sin sentirse maltratados,
amar sin sentirse atados,
queridos sin temer ser olvidados.

"¿Habremos dejado una marca en esta tierra o sólo somos un pedazo de carne?" Converso con mi otra yo frente al espejo mientras me quejo de las tantas primicias que el día a día me suele traer. Hay noches en que me enfrento al dolor posesivo de no poder ser lo que mi cuerpo me pide ser, pero también hay noches en que el remordimiento se convierte en un cemento que me pesa sobre cada uno de los pies: y ya no puedo caminar, ni puedo sentir libremente, porque me ato a emociones que como aviones pasan rozando mis dolores. Las manos tiemblan un poquito y se empapan en el sudor más invisible. Y en el espejo ya no estoy, desaparecí, por un momento me siento ser nadie. Navego entre la oscuridad del abismo más profundo y me envuelvo en la ola de los sentimientos. Entonces ¡Qué incompleta me siento! Amando pero sin amar, queriendo vilmente a todo aquello que me causa una terrible cavidad. Me siento como se sienten los presos, quizás: encerrada y muerta de celos.
Mis amores son tan fuertes y pasionales, a veces siento que me vacío de tanto dar, pero no es suficiente, el destino siempre juega un poco más sucio. Y estoy sucia de tanto caminar, de tanto saltar los charcos, de pisarlos, de lanzarme en ellos como una caída libre a la inmersa realidad. Pero con esta realidad que a veces nos pone la sangre en las venas y nos empuja el corazón ¿Cómo no sentirse atraído a tanta pasión?
Yo ya no espero nada, quizás porque aprendí.
No aprendí de los mejores maestros, ni fui a una clase que pudiera dármelo a entender, pero si viví lo suficiente como para desilusionarme y pensar que existe el amor, la amistad, la pasión incluso sin perdonar. Y que los latidos del corazón dicen tanto, cuando uno se siente nervioso por lo que puede pasar, y deja de ser un santo, y se pervierte entre las sombras, pero mira para arriba y encuentra un cielo azul, que aunque esté nublado le da un empujón.
Tal vez no tenga nada, o haya perdido lo que al resto de las personas les parece imprescindible. Pero ¿qué más imprescindible, que el placer de haber amado aún dejando huesos estaqueando en la mitad del patio? Perdón, tal vez ya no sé tomar. Tal vez me estén alcanzando a las manos cosas increíbles que no puedo discernir entre el oprobio y la pasión, pero soy de fierro y cobre, y estoy en este mundo para dar lo que nadie comprenderá, y amaré hasta morirme como aman los estúpidos, perdiéndome entre latidos, entre sensaciones, entre la muerte y el amor, y las ventanas del pasillo que se abren con la lluvia, me saludarán cada martes para decirme que no estoy viva, que soy una imagen, que soy una copia, que soy el arte que corre por mis venas, los pelos de mis cejas y el latido de este órgano tan pequeño y tan grande que me vuelve un pedazo de tierra lleno de vida. Reboso energía y también fatiga, no entiendo a quienes me aman, pero si lo entendiera no sabría por qué sigo existiendo en este mundo.

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