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"Soy todo. Depende el día"

Lo esencial

La señorita que no necesita toda esta mierda, se levanta, porque sí, un viernes por la mañana y camina por la habitación. Desnuda, casi inhumana, reluce entre destellos de juventud, aquellos que en años, un día cualquiera, se convertirán en la prueba más cierta de su plena vejez. Un busto pequeño de pezones redondos muestra su blancura a la luz del sol que traspasa la ventana, las piernas largas, los brazos con una fina musculatura, el pelo cayendo sobre su espalda.
Tiene la mirada cansada, tal vez anoche no durmió bien. Recoge una remera gastada del piso y con rapidez mete su torso dentro de ella. Camina hasta la cocina donde, ya sin desilusión, no encuentra nada: ni en las despensas, ni en la heladera, ni siquiera en la canasta de pan que alguien dejó olvidada sobre la mesa que sin mantel aún conserva un mancha de grasa. Se sienta y la silla de madera rechina un poco, enciende un cigarrillo, se toca la cara, sonríe con mediocridad, su estómago hace ruidos y ya no lo puede parar. Entonces es cuando piensa en salir a caminar, corre hasta la habitación y se pone un corto pantalón, agarra unas zapatillas gastadas, olvida el corpiño sobre la cama.
Se lava con rapidez los dientes y observa en el espejo su cara: al natural es un poco más deseada.
Mete la llave en la cerradura, abre la puerta, pone un pie en la vereda, camina sin rumbo. Su estómago no para de enviarle señales de que debe ser alimentado, su cabeza es un candombe que no suena ni alegra, sus piernas están cansadas pero se mueven como si no tuvieran sensibilidad.
Al caminar dos cuadras, se encuentra desolada, ya no sabe a dónde ir, mira para los costados, ve las piedritas del piso, la suciedad, el desorden que es la ciudad. En medio de su distracción, siente una mano helada que le toca el codo con decisión. Voltea y se encuentra con un pequeño nene que la observa aún sin decir nada, de ojos redondos y de color café. Luego de unos segundos, éste pregunta con claridad "¿No tendrá alguna monedita para darme, señora?" Y con brusquedad, el mundo se vuelve lo que es: Una moneda.
Busca en los bolsillos pero no encuentra nada, más que unos tickets viejos del chino y un encendedor con el chispero roto. Se pone nerviosa, y trata de sonar con su mayor sinceridad: "Perdón, no tengo nada acá." El nene ni siquiera escucha su respuesta, ya se está dando la vuelta. La señorita estira la mano, hasta alcanzar su hombro, pero lo único que consigue es que el niño retroceda asustado y le clave los ojos enfurecido.
"Perdón" Dice la joven enrojecida "No quería asustarte, sólo quería preguntarte qué haces por acá solo..." El nene, sin pensarlo demasiado sólo responde "Sobrevivir".
Al desaparecer el niño, la señorita continúa caminando, decide ir hasta la casa de él, aquél que siempre está, que jamás dice no. Camina hasta la calle buscada y dobla a la izquierda, llega hasta una avenida, esta vez dobla hacia la derecha. Luego de un par de cuadras perdidas entre personas que trabajan y seres que mueren a cada segundo, con aromas de frutas y de desilusión, llega a la puerta donde todos los deseos se convierten en satisfacción. Toca el timbre y espera con nervios. Y luego de unos minutos aparece apoyado sobre el marco de la puerta el objeto de tanto caminar.
En su cuerpo se juntan el deseo y el nerviosismo, ingresa a su casa, lo mira fijamente todo el tiempo, se deja ahogar entre algunos besos, y ya desde abajo, puede ver la mandíbula bien formada con la nuez marcada, la barba que contornea la cara, los labios anchos que se entreabren con la dentadura derecha y enorme. Los ojos pequeños que se cierran y el torso medianamente marcado con algunos rasguños colorados. Los brazos que con fuerza la aprietan, los moretones se van marcando a medida que pasa el tiempo, se incrementan los abrazos, brota la transpiración, los ojos de la señorita lagrimean alguna sensación. Y entonces ambos se encuentran obnubilados, estremecidos, llenos de magia y calor.
Sin decirse nada, la señorita se para, se viste y vuelve caminando hasta la puerta, se despide entre monosílabas, en su cabeza compara la pobreza de las cabezas con una simple monedita. Y todo se vuelve tan, tan igual, que asusta un poco. Camina y ya no se cansa, vuelve hasta su puerta, y entra nuevamente a ese lugar que todos llamamos "casa".

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