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"Soy todo. Depende el día"

Adelbras

En mi pared hay una mancha de humedad que probablemente quedó de la lluvia de ayer, también, un pedazo de cinta vieja que se cuelga pegada débilmente a la pintura y que no es más que los restos de un dibujo que arranqué. Hay tres discos que alguna vez compré en una feria de antigüedades que tienen como autor un par de bandas pasadas de moda que ya a nadie le importan.
En el piso de alfombra hay una mancha de Fernet, una tableta de pastillas vacía y un par de migas de pan francés. Por un momento pienso que todo se conecta, que la mancha de la pared se relaciona perfectamente con la mancha de Fernet y con la cinta del dibujo que saqué, tal como si todo fuera una sintonía magnífica que estoy orgullosa de poder reconocer. Aunque quizás, esa sintonia no es más que pura y propia imaginación.
Pero a cada momento las manchas se van uniendo cada vez más, y la cinta se desvanece sólo un poco sobre el escritorio que se encuentra más abajo de ella, y es entonces cuando se me da por pensar "Quizás la cinta extrañe con melancolía al dibujo que, magnetizado por el pegamento que ésta posee, la había acompañado casi un año en aquella pared", quizás sólo quiere caer, dejar de estar pegada a la pared, dejar de ser un descuido producido por mi olvidadiza mente que olvidó quitar también la cinta.
Tal vez es porque la tarde en la que arranqué el dibujo estaba tan enojada, que me resultó imposible poder percatar en el detalle de la cinta que había quedado en la pared, y observándola ahora, en este preciso momento, de transparente color, arrugada y ancha, puedo ver la violencia de mis manos cuando la despojé de su papel.
Pero ¿El papel? ¿Qué había sido de su absurdo compañero de color blanco y de contextura delgada y débil? Puede que jamás lo sepamos, porque su destino había sido convertirse en un bollo sin forma alguna que reposó en el piso por días hasta que alguna persona se decidió a tirarlo a la oscura, turbia, y sin retorno basura.
Entonces la cinta estaba en mejor posición que el papel, tal vez quedarse pegada no era tan malo.
Tal vez haber aguantado tanto tiempo pegada al papel la había salvado de caer, o tal vez la había condicionado desde un principio a estar por mucho tiempo más en esa pared. Pero tal vez (y probablemente sea así) la cinta hubiera deseado ser mucho más una mancha de Fernet, un disco que está pegado a la pared, o en la última de sus instancias los restos de la humedad también.
Entonces debe odiarse un poco. O muchísimo. Estimo que debe odiar sus propias características más que al mismísimo papel que la ha dejado sola, recalcando el odio por su cualidad de adherirse a las cosas con tanta facilidad, de ser sólo una figura transparente e intrascendente que es un medio para unir dos cosas, porque en definitiva, lo que la cinta hacía, era unir aquél dibujo en el papel con la pared, ella sólo era la intermediaria, nadie percataba en ella.  Puede que el papel nunca haya notado su existencia o reconocido agradecimiento por haber sido mantenido en aquella pared por tanto tiempo, entonces la cinta puede pensar sin culpa que el papel se merecía el destino que había tenido.
Y la cinta, ahora sola y sin una utilidad, sólo quiere caer y espera que yo algún día la note y la arranque de aquél lugar en el que se encuentra para llegar a su destino, oscuro y final.
La mancha de Fernet y la de humedad se mueren de risa de ella, incomprendida y dulce, que sólo quería servir y ser algo en mi habitación. Y mientras tecleo un poco más, vuelvo a recordar al papel, y a todos los demás dibujos que también arranqué.
Esa tarde de septiembre más bien recordada por su oscuridad que por su tonada primaveral, saqué cerca de tres o cuatro dibujos de la pared que da con mi escritorio, dibujos que para mí, eran un pedazo de mi historia. De mi historia mal contada o historia mal educada, con un final estúpido, o puede que sin final. Cada dibujo era un poco de todos esos momentos que junto con la tableta de pastillas se vació hasta volverse inútil.
"Si tu saltas, yo salto" Decía con brevedad el dibujo que con gran desesperación arranqué y que dejó a la cinta colgado hasta el día de hoy. Hoy me convenzo de que esa frase es verdad, porque adonde quiera que salte, que huya o escape, ahí va a venir a perturbar. Y ahí sería muy real poder hablar de la cinta y el papel.
El segundo dibujo que arranqué era un corazón, tenía mi nombre en medio y al pie una frase que con coherencia recitaba "Un corazón intentando volar", tal vez porque lo intenté.
Lo intenté, y lo intenté. Pero acá estoy, con los pies pegados a la Tierra pensando en que no se puede querer lo que quiero, y en la forma en que lo quiero, citando un poco a Julio para poder romper tanta presión. Pero ya no pienso, no al menos en vos. Sólo pienso en lo que fui, y en lo que nunca más seré. Que ya no te deseo y no existís en mi mente sería decirte que aprendí a olvidar,  aunque podría decirte que cada una de las inyecciones que me dio tu frivolidad, me han llegado por las venas y hoy no te quiero ni menos ni más, tal vez sea porque ya me da un poco igual.
No voy a escribir sobre el tercer dibujo, porque es sólo un recuerdo, y recordarlo sería borrar con el codo todo lo que escribí con la mano, evocar a una idea pasada, superada, que traería buenos momentos que yo me ocuparía de embellecer un poco más con la simple finalidad de volverte a extrañar. Pero eso no va a pasar.
Pegada a la pared, en el piso, o vacía, pero siempre respirando. 

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