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"Soy todo. Depende el día"

éphémère

El arte del Fernet, del piso y la guitarra que se esconde detrás de tanta Lucía olvidada. Radiante pero sin brillar, ya no sabe cómo parar. Se recuerda apagando un cigarrillo con seriedad, que contra el piso se aplasta y su ceniza deja enfriar. Las cejas muy finas, siempre un poco fruncidas, y en la panza un nudo, que de todos modos no la deja vomitar.
Le duelen las piernas, también un poco los pies. Gira la vista y allí lo ve a él: tocando la guitarra como si fuera una solución para todo este dolor, lo mira con firmeza, como siempre lo suele hacer; pero a él ya no le importa, qué le va a hacer, sabe que ella no cambiaría para poder dejarse querer. Su amigo enamorado que ya no la podía amar, cuando se le confesó rompió todo aquella inocencia que tenía su relación. Tan complicada y seductora, mueve los labios para hablar, sin embargo a él nunca le gustó como le quedaba el labial.
Recuerda aquella vez en la que su mamá la golpeó, la sangre del labio, el anillo impactando, las lágrimas que nunca salieron; lo olvida y vuelve a empezar. Toma del vaso y lo vuelve apoyar. Piensa en lo que no extraña. Piensa en lo que no entiende. Piensa. Se cansa de pensar.
Se levanta y va a vomitar. Se mete en el baño y se sienta sobre el piso de cerámica bien fría, se contempla en el espejo que a su derecha se encuentra, pero ya no sabe bien qué es lo que ve. Rubia, con unas pupilas que encandilan, y tanto maquillaje que pensó en lo oscuro que éste la convertía. Se asomo al inodoro, y sin pensarlo vomitó. Se tomaba el pelo con las dos manos, y dejaba que un líquido marrón saliera desde aún más adentro de sus labios rosados. Algunas lágrimas cayeron por sus mejillas. Ahora los ojos le brillaban, con poco encanto, y su boca tan carnosa y pequeña mostraba una seriedad tan ácida como lo que acababa de dejar ir en aquél baño. Se miró nuevamente al espejo: el pelo rapado se veía una vez más, los agujeros de las orejas le dolían un poco más y hasta el reflejo la consumía volviéndola un tanto irreal.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Julieta entró en la habitación y se sentó junto a ella, sin decir nada, le leyó la mirada que perdida se encontraba penetrando en el suelo gris. Le agarró con suavidad el pelo, y la acompañó mientras vomitaba una vez más. Todo daba vueltas, y aquellas vueltas ya no sabían cómo cesar. 
Se apoyó contra la pared y la miró, luego le dijo algo así como "No pasa nada, estoy bien"; aquél comentario le recordó a su profesor de tenis, quien nunca obviaba la posibilidad de decirle lo obstinada que ella era, porque sin importar qué tan cansada ella estuviera, siempre continuaba los partidos diciendo que nada pasaba, y que todo estaba bien, inclusive aunque sus piernas ya no pudieran continuar.
Cerró los ojos e imagino el sonido de un piano, miró a Julieta y le dijo "¿Qué podemos hacer con tanto cielo?". Julieta sonrió. La tomó de la mano, acto seguido la abrazó. Se paró despacio y le trajo papel, le comentó que se limpiara la boca y le dijo que meterse los dedos no era una buena opción. Nunca le había gustado ese mal hábito, pero sin embargo, cuando el dolor embriagaba su estómago y la hacía sólo querer expulsar, solía utilizarlo para poder quebrar de una buena vez.
"Tantas fantasías, pero tan poca pasión" Se dijo después. Se levantó, tiró de la cadena, y acompañada de su campera de cuero al living volvió. Todos la miraban fijo, expectantes de saber qué le ocurría a aquella señorita que a veces se la veía caer. Ella no dijo nada. Se sentó en el piso como suele hacerlo, ignorando la presencia de los cómodos sillones y encedió un cigarrillo una vez más.
Todo ese ritual tan obvio que la mataba y la hacía nacer. 


"Para quien suele obstinarse en que la vida es, ciertas veces, tan avara y enemiga, amputarse el sol sería una acción suicida."

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